Paisanos, el paisaje humano en el Levante de Almería.
09/2026
Julie había sido profesora de Historia en un instituto de las afueras de Londres durante más de veinte años. Había explicado el Imperio británico, las guerras coloniales y las independencias africanas con precisión, pero sus alumnos ya no eran los mismos, su barrio habia cambiado, sus vecinos habian cambiado. Aquellos finales de los ochenta, ella sentia que tenía que cambiar su rumbo.
Por las noches, cuando el silencio de su casa vacía se volvía demasiado denso, y para motivarse ponía Memorias de África. Veía a Meryl Streep caminar entre las colinas de Kenia, a Robert Redford a caballo bajo un cielo infinito, se sabía los diálogos de memoria, y sentía que algo dentro de ella se quebraba y se reconstruía al mismo tiempo.
El divorcio llegó sin drama, solo con la certeza fría de que el matrimonio había terminado hacía tiempo. Con cuarenta y ocho años, Julie miró el mapa de Europa y pensó en África. Demasiado lejos para una mujer sola. Demasiado salvaje. En su album de recortes de prensa, tenia a Lennon en Almería y otros viajeros de revistas por tierras del sur de Europa. Entonces eligió Almería, eligió España, dónde cada pueblo tenía su poeta, según había leído.
África quedaba al otro lado del estrecho, casi a la vista en los días claros. Ella emularía a la baronesa Blixen, pero a su manera: sin café, sin leones, sin amantes aventureros. Solo tierra seca, sol implacable y la posibilidad de empezar de cero.
Llegó a Albox en un septiembre de calor blanco. Alquiló una casa pequeña en el pueblo mientras buscaba el lugar exacto. Lo encontró en Partaloa, en el valle que los locales llamaban Valle del Sol, en el Llano Amarillo. Un terreno de almendros viejos y tierra blanca que, al atardecer, parecía arder. Allí se construyó una casa de una sola planta, con muros gruesos de piedra y cal, grandes ventanales orientados al sur y un porche donde el viento de la tarde traía el olor a tomillo y a polvo caliente.
Los primeros meses fueron de adaptación dura. Aprendió el nombre de cada planta, el ritmo de las fiestas del pueblo, el acento cerrado de la gente de Albox. Empezó a recoger perros abandonados en las carreteras comarcales: primero un galgo flaco al que llamó Denys, luego una podenca nerviosa a la que puso Karen. Los gatos llegaron solos, como siempre hacen los gatos: tres, cuatro, después seis, que dormían en el porche y cazaban lagartijas entre los almendros.
El Tío Cosabuena.
Con el tiempo, Julie dejó de ser “la inglesa”. Se convirtió en "La Julia del Llano Amarillo". El tío Cosabuena, un pastor, con su atajo de cabras y ovejas, le enseñó las cabañuelas, que el tiempo cambiaba cuándo La Tetica de Bacares o el Saliente se nublaban, qué por San Andrés se mataban los chinos, qué después de la Virgen del Saliente, se sembraba, qué por San Antonio se segaban las cebadas y por San Juan, los trigos, que los alacranes picaban fuerte si los molestabas al mover las piedras, el calendario de la comarca.
Además del calendario, el Tío Cosabuena, le enseñaba todo sobre la comarca. Un día Julie, le preguntó por la higuera, siempre frondosa, al lado del camino, que estaba medio seca este año, y no le faltaba agua. El tío Cosabuena, le dijo que le podrían haberle echado "mal de ojo" estaba muy hermosa, Julie le pregunto ¿como se curaba eso?, ¿Qué enfermedad era?, el pastor le explicó, que había gente que tenía "la gracia", y que rezando, lo quitaban, la tía Antonia de la Rambla de Oria, y el tío Onofre, en El Ogarite, que quitaba las verrugas, con el nombre y la fecha de nacimiento.
Julia le pregunto cómo ha pasado, quién le hacía mal de ojo. Cosabuena le dijo, que había personas que sin saberlo, hacían mal de ojo, a los animales y a las personas y a todo. Un zagal suyo de pequeño muy hermoso, y de pronto se torció, tuvieron que llevarlo a la Tía Antonia, en la Rambla de Oria, para qué le rezará y se le quitó.
Pasó el tiempo y la higuera se secó. Hablando con el pastor, le dijo qué tenía que haber subido a la Rambla de Oria, y hablar con la Tía Antonia, así son las cosas.
Un día en Albox, en el bar que se reunía con otros Europeos perdidos en el sureste. Hablando con Marie, una franco belga que vivía en Los Carasoles, y qué tenía verrugas, en un lado de la cara y en una mano, le contó la conversación con el pastor, le dió en un papel, el nombre y la fecha de nacimiento, un poco descreída, a ver si desaparecían sus verrugas, que siempre habia tenido.
Julie, habló una mañana para quedar con Cosabuena cuando fuera a Oria, para ver al tío Onofre, el de la verrugas, le dijo el pastor, que comprará un par de latas de melocotón, que no había que darle dinero y le quitaría las verrugas a su amiga.
Subieron una mañana, en el coche de Julie, que Cosabuena tenía que dejar unos papeles en La Caja.
El tío Onofre, no estaba, estaba con el apero en el campo. Le dejaron la nota con el nombre de su amiga, con la fecha de nacimiento, y una bolsa con las dos latas de melocotón a su mujer.
A las dos semanas, una mañana a las ocho, Marie tocó el claxon de su coche en la puerta de Julie, en el Llano Amarillo, has madrugado le dijó a la francesa, que estaba emocionada, le habían desaparecido las verrugas de la cara y se le estaban quitando también las de la mano, las dos quedaron muy sorprendidas y emocionadas.
Julie y la francesa fuerón a ver al tio Cosabuena, estaban emocionadisimas, ante la tranquilidad del pastor. La francesa queria ir para darle dinero al de Oria, pero Cosabuena, recomendó que le comprara una cadenita con la virgen del Saliente y media arroba de vino para el Tío Onofre, el dinero no estaba bien visto para estas cosas.
Las amigas se encaminarón a casa del Tío Onofre en El Ogarite en Oria, a la hora que estaría a haber recogido ya el apero. Las recibió la mujer del Tío Onofre, de negro como siempre con su pañuelo en la cabeza, salio Onofre, saludo a Julia, no la conocia, pero le habian hablado de ella, hace años cuando llegó al Lllano Amarillo, tenia reaños, le dijo, se presentó su amiga, dijo que venian a darle las gracias. El El tío Onofre, dijo que no pasaba nada, era "un don" y tenia que ayudar.
Onofre abrió la alacena y les dijo que se sentarán, Julie sabia como era la hospitalidad local, habia que sentarse y comer algo, como obligación. Los embutidos ahora no eran caseros, no se pueden hacer matanzas, los nuevos tiempos, se los traian de Las Vertientes, al otro lado de la Sierra, del Campo Cisnares, eran como los caseros. Hablaron de los hijos de Onofre allá en Barcelona, en pocos años se jubilaría y dejaría el ganado, los jovenes no quieren el campo.
Le dejarón la cadena y el vino a Onofre, les dijo que no era necesario. Su mujer entró y les sacó: huevos de sus gallinas, pimientos y tomates de su huerto, y unos melones de pan, que durabam hasta navidad. Julie, sabia que no lo podian rechazar. Bajando de Oria, las dos amigas se reafimaban de haber elegido un buen sitio, donde vivian, con dificultades, pero su lugar en el mundo.
Iba al mercado de Albox los martes, hablaba de la sequía con los agricultores, llevaba a los perros al veterinario del pueblo y dejaba que los vecinos le llevaran gatos enfermos o cachorros que nadie quería. Su casa se llenó de vida: ladridos, maullidos, el ruido de las puertas que se abrían y se cerraban, el olor a café fuerte por las mañanas y a comida casera por las noches.
A veces, al atardecer, se sentaba en el porche con un vaso de vino tinto, del pais, y miraba hacia el sur. El sol bajaba detrás de las sierras y el llano se teñía de oro y rojo, exactamente como en aquellas imágenes de Kenia que había amado durante años. No había leones ni amantes a caballo. Solo el viento, sus animales y una vida que, por fin, le pertenecía por completo.
Había cruzado un continente con su viejo Ford, que le cambió a matrícula española, con su volante al otro lado. Recogía los trastos viejos a los que ella daba nueva vida. Se reunía con otros europeos perdidos en éste extremo sur, alguna vez a la semana, y cuándo recibía alguna visita de su tierra, los llevaba a las playas de Vera y Mojácar.
Había encontrado su África en el sur de España, y allí, entre perros rescatados y gatos silenciosos, Julie había dejado de ser profesora de Historia para convertirse, simplemente, en dueña de su propia historia.
