El Cortijo del Tio Anton






Paisanos. El paisaje humano del Levante de Almería. 


El Cortijo. 1/12/2019

Solo el rumor del viento sobre las ramas de la chaparra, junto a la esquina del cortijo, transmite sensación de vida, todo es silencio, las piqueras del palomar son huecos vacíos, sin palomas zureando, ya no hay perros, y el rumor de gallinas, pavos y el ganado desaparecieron hace muchos años, todos los cortijos y cortijadas se abandonaron, el antiguo esplendor ya pasó. El horno hundido, el pozo abandonado, el tornajo de madera donde abrevaban los animales, esculpido con el vaciado de un tronco, y donde siempre habia un bullicio de gorriones y palomas, está sobre la hierba, partido por el paso del tiempo. 

Al cortijo ya solo se viene en épocas de laboreo, cuando se escaldan los almendros y algún día por vacaciones. 

Un día haciendo una pequeña obra en la cámara, el piso de arriba del cortijo de La Carrasca, como era conocido en la comarca, y que construyó el Tío Antón junto a sus hijos, encima de un dintel, sobre la cal, la argamasa constructiva de los años en los que los yesos y el cemento eran artículos de lujo, estaba grabado con un dedo, con forma artística, Año 1945. 

Antonio, nieto del tío Antón, le preguntó a su padre por el año marcado en la pared. Es el año en el que se acabó el cortijo y fue el motivo para recordar el origen del mismo.

Después de nuestra guerra, corrían los años cuarenta del siglo pasado, los trigos estaban especialmente caros, y los jornales baratos, el Tío Antón con una familia extensa, lo normal en la época, cinco hijos, era un jornalero como la mayoría en estas tierras entre sierras, que trabaja la tierra “del amo”, al quinto, tenían también su pequeño atajo de ovejas y cabras, además de los chinos, los conejos, gallinas y pavos del corral. 

Los bancales de la rambla, con un buen huerto, proveían de patatas, tomates y pimientos que en conserva aguantaban para todo el año. Cuando había mucha agua, una buena cosecha de remolacha y alfalfa ayudaban para el sustento de los animales, cuando en invierno la nieve cubría los campos durante semanas en estas tierras altas.


 









Aquel año el Tío Antón, había echado la burra a un buen caballo, las vacas aunque fuertes con la carreta eran menos eficientes para labrar que los mulas, pero una pareja de mulas costaba muchas perras y eran inalcanzables, así que en dos o tres años, esperaba tener un par de buenas mulas de la burra. 

Fue en el 42, cuando la burra pario un muleto, bueno no era una mula, pensaba Antón, pero a veces también los mulos tenían la nobleza de sus hermanas de raza. 

Con el paso de los meses el muleto se convirtió en un mulo romo, envidia de la comarca, inquieto como él solo, un día un marchante de Lorca, se pasó a ver a Antón, le habían dicho que tenía un buen mulo, lo vio y le preguntó cuánto quería por el animal, antes de que le diera tiempo a pensarlo, el de Lorca le ofreció cuatro mil duros, Antón miro al suelo, era mas de lo que él pensaba, mucho dinero, avanzo el brazo y le dio la mano, trato hecho, se pasaría la semana siguiente a recogerlo.

Antón le dijo a la familia que había vendido al mulo, nadie dijo nada, los hijos de Antón que lo habiaan criado, se miraron sin decir nada, los afectos con “las bestias”, no eran como en el siglo XXI, los chinos, los conejos, los pollos, los pavos, se criaban para sacrificarlos, eran parte del sustento. 

A la semana siguiente, recogieron al mulo, el marchante de Lorca les dijo que sería un buen animal de tiro. 

Meses después en un mercado de Albox, en una conversación, Antón se enteró que habían comprado todos los mulos de la comarca, los embarcaban en Cartagena unos americanos, aunque se hablaba poco de aquello, allá por Europa había una guerra más temible que la nuestra, y el destino de aquellos animales era aquella guerra, Antón se reservó siempre aquella conversación con su familia, solo años después en una charla recordando al mulo romo, se lo contó a su hijo mayor. 

Había hablado con los señoritos de Oria, y les ofreció comprarles unos bancales, que una rambla se había llevado en una riada y un trozo de tierra, total 20 fanegas, los de Oria aceptaron los cuatro mil duros por la tierra, Antón quería tener su propia casa y su propia tierra. 

En pocos meses, sacaron con la trajilla tirada por las vacas, la arena de la rambla que cubría los bancales, hicieron unos buenos ribazos, sembrando ramas de membrilleros, tarais y cañas, para que hicieran un buen parapeto frente a riadas, hoy ochenta años después aquellas cañas y maleza son tadavía un buen parapeto frente a las riadas. 

Ya tenía planteado donde levantarían el cortijo, mirando al levante, sobre los bancales en la meseta encima de los bancales, con un corral y una buena cuadra. 

Hablaron con Juan el de “los Carboneros”, que con una rama encontraba agua en cualquier sitio, era el zahorí que no fallaba en la búsqueda de agua, se recorrió los bancales y fue marcando con más o menos piedras donde la vara tiraba más o menos fuerte para abajo, decidieron que harían el pozo en mitad del bancal estrecho, donde el de los carboneros apilo varias piedras. Empezaron a cavar, con unas espuertas de pleita, y con una cuerda sacaban la tierra, apuntalando las paredes del pozo con piedra, y a los diez metros, ya no podían cavar más por el agua, buena agua, semanas después construyeron la capilla del pozo, con un tronco mediano para sujetar la garrucha, pegado a la pared del pozo, un pequeño tornajo para que bebieran los animales y un hueco para sujetar el cántaro en el que se llevarían el agua para la casa. 

Solucionado el tema del agua, habló con un maestro albañil, Juan el de “los coloraos” hicieron el planteamiento para los cimientos, marcando con cal por donde iría la zanja que llenarían de piedra, piedra que recogían los hijos de Antón, en la carreta con las vacas, todas las lindes estaban llenas de piedra que los labradores apartaban de la labor, muchas carretás de piedras recogieron en aquellos años entre cosecha y cosecha. 

La cal, también fue carreteada por las vacas, desde el Cortijo de El Espartal, donde Antón había heredado un cerro con pinos y piedras de cal, se abría un buen hueco en una ladera, se le metía un par de jorros de leña, que ardían durante días y encima las piedras de cal, la humedad abandonaba la piedra, y la piedra se deshacía como un terrón de tierra seca, cuando se enfriaba la cal, estaba lista. 

Las vigas de madera, se cortaron también de los pinos del Espartal, que a duras penas se mantenían sobre la carreta por los caminos hasta el cortijo. Los pinos más gruesos se reservaron para la madera de las puertas, que un carpintero de Millar, las convirtió en las puertas que hoy todavía lucen en el cortijo. 

Las tejas fueron acarreadas por las vacas desde la tejera de Las Cumbres, la tierra roja del lugar, seca en el horno, daba muy buenas tejas para todas las casas de la comarca.

Hubo dos años de buenas cosechas, de trabajar mucho y el cortijo ya lucia como un castillo desde los bancales.

Pasarón los años, lo hijos de Antón se fueron casando y marchando, la vida en el campo se cambio por la vida en ciudades, en fabricas y talleres, donde había horarios y dias festivos, todos los cortijos se despoblarón y ahora parecen barcos encallados y abandonados, lejos de su antiguo esplendor.